29 de noviembre de 2012

Filosofía de un corazón traicionado

¿Debería volver a confiar? ¿Debería recuperar mi centro? ¿De qué se trata todo esto? ¿Una enseñanza, una mala pasada? ¿Sufro, o aprendo? ¿Cómo? ¿Las dos cosas...?
It's the same f*cking thing! Tengo miedo, ¿entendés? MIEDO. Me cansé de lo mismo, no voy a volver a confiar en nadie nunca más en la vida. Y sí, es triste, es una mierda, pero es así. No voy a confiarle mi corazón a nadie hasta que me demuestre que, posta, soy lo más importante de su vida, y aún ahí, no voy a confiar del todo. Me di cuenta de que cuando alguien te importa no podés estar tranquila, no podés confiar en el otro, ¿entendés? No se puede. Tenés que "dormir con un ojo abierto y el otro cerrado", porque no existe la garantía emocional. No existe el felices para siempre. En la vida se labura, y punto. Laburás para mantenerte, laburás para pertenecer, y laburás también para estar con alguien.
Y mi problema, y me parece que el problema de la mayoría, es que se pierde el centro. Pensás que ese "laburar para estar con alguien" se trata de entregar todo, de dar todo y esperar algo a cambio. Pero no, no es así, el centro tiene que ser uno, siempre uno, y trabajar desde uno mismo para poder mantener todo lo que querés tener y no morirte sola. Pero al fin y al cabo, es lo mismo, porque la única persona que nunca te abandona ni te traiciona, sos vos.
Y a partir de eso, a partir de tener tu centro, de estar segura de quién sos, toca salir afuera a cambiar el mundo. Pero resulta que, poco a poco, te das cuenta de que la única verdadera manera de cambiar el mundo no es CAMBIÁNDOLO en sí, sino cambiando la manera de verlo. Entonces me encuentro a mí misma en medio de un existencialismo limitado, porque creo que desde mi persona puedo lograr lo que quiera, pero al mismo tiempo veo al mundo, al sistema, a la cultura como una inmutabilidad caprichosa, una inmutabilidad que da la impresión de que vivimos en una sociedad que tiene quince años, ¿entendés?
Me fui al re carajo, y esto no se trataba de mí, sino de Clara. De la dulce historia de Clara. BASTA.

25 de noviembre de 2012

Hello, world

Mientras Clara me espera sentada en la raíz de uno de los árboles del Bosque de la Verdad, y mientras escupe Frutos de Angustia, he decidido hacer un impass para ocuparme un poquito de esta historia. O de mí.
Aunque en realidad, viene a ser lo mismo.
Quisiera publicar una canción que exprese con exactitud lo que me pasa pero no encuentro ninguna que sea lo suficientemente angustiante, odiosa, esperanzada y desquiciada a la vez. Sí, tengo problemas.
En especial hoy, me levanté con serios problemas. Clara me mira desde su anudada raíz y me pregunta si es tiempo de que saque el vendaje y se lo vuelva a poner. Yo la amenazo con que si lo hace, la borro del blog.
No Clara, por favor no. No me obligues a borrarte. Ese vendaje que te sacaste, se te cayó o que te sacaron es el peor compañero que se podría tener. Te enreda los ojos, no te deja ver.
Pero bueno, lo que hay para ver no es tan bonito tampoco. ¿O sí lo es? ¿No sería preferible seguir vendada? ¿Quién puede animarse a seguir negándose a ver la realidad, cuando a una le cae encima de una forma tan pesada?
Clara me observa sin entender. "A mí no me cayó nada encima" piensa.
Pero sí, Clarita, todo te cayó encima. Te cayó encima el aroma fresco de los árboles, la luz clara y cálida del sol, la caricia suave del viento, el mullido colchón de césped, la melodía dulce de los pájaros.
Y te gusta, te encanta, lo deseás. Pero aquel pasado distante, ese pasado lejano que en lugar de ser verde (esperanza) era rosa (amor), te tira hacia atrás y no te deja pensar.
Sentís la mirada clavada en tu nuca, una mirada dulce y genuina, una mirada como brillo de estrellas al amanecer, una mirada larga, profunda, penetrante, cercana. Una mirada amiga. Una mirada atrayente. Una mirada que te comprende.
Pero no la querés mirar, Clara, ¿por qué no querés?
¿Por qué hablo de Clara? ¡Esto se trata de mí! ¡De destaparme de mis vanas ilusiones, de desenredarme de mis viejos dolores, de liberarme de antiguos temores! Se trata de un cambio de centro, de comenzar a ser YO la portadora de MI felicidad.
De comprender que estás muy lejos y que no te importa nada de lo que me pasa.
De creer que no existe la garantía emocional.
De romper esquemas de los que siempre callan, ¡gritar aunque sea una sola verdad!

La mirada


Lo primero fue la mirada. Clara se calmó y sintió que alguien la observaba. Alzó los ojos, y el viento al agitar las ramas de los árboles dejó entrever el murmullo de una risa apagada. Un brillo como de estrellas al amanecer se insinuaba entre las hojas. Un brillo cálido, que le embalsamó el corazón.
Pero Clara se paró de un salto y huyó corriendo.
"No me toquen.
No se acerquen.
No me busquen.
No confíen en mí."
Y el corazón aboyado permaneció en el fondo de su pecho acorazado.
Amordazado.
Frío.
Destrozado.

11 de noviembre de 2012

La visión

Ella esperaba sentada en la roca cercana a la orilla del mar. Sus ojos contaban las olas que rompían contra su cuerpo, sus labios sólo se mojaban con el suave roce de alguna salada gota traviesa que escapaba al oleaje normal. Ella esperaba inmóvil, los brazos hacia atrás, soportando el peso de una espalda que se había cansado de tanto aguantar.
El cabello castaño aclaraba con los años, pero ella permanecía quieta, a la espera de Dios sabe qué cosa valdría tanto la pena esperar.
La aldea costera se había acostumbrado a la presencia de la bella princesa de altamar. Al observar el océano, los ojos de niños y ancianos pasaban por alto la imagen majestuosa de aquella criatura celestial. Llevaba allí tantos años, tan quieta, tan impasible, que su mera existencia no significaba más para ellos de lo que significaría una estatua en cualquier otro lugar.
Eso sí, era bella. Los ojos oscuros brillaban en la negrura. El torso de mármol se recortaba contra la azul espesura. Los largos cabellos tapaban los pechos redondeados, parecía que habían sido por un experto modelados. Pero lo más impresionante, lo que más debería haber llamado la atención, era la enorme cola de intenso color rojo que surgía de sus caderas y entraba en el agua con un ademán flojo. Nadie sabía si eran las olas o el viento lo que sobre el agua la acunaban. Pero era el único movimiento que en ella se observaba.

El criado nació y creció en el castillo de sus reyes junto al mar. Desde la ventanita más alta la veía, allí inmóvil, esperar. Nunca jamás se habría atrevido a preguntar. "¿Quién es esa muchacha?" deseaba poder averiguar.
Pero la curiosidad de un niño se convirtió en deseo de un hombre. Y una tarde en que el castillo dormía, tomó un caballo y cabalgó hasta las playas donde la sirena y su roca vivían.
El cabello empapado al mar pero seco al viento impidió su primer encuentro. Un desprendido mechón travieso cubría las negras pupilas de sus ojos tiesos. Pero cuando el mar rugió y el viento obedeció, los ojos cegados de la muchacha se encontraron con un azul intenso que atravesó su corazón como un hacha; con unos ojos vivos que la observaban, y entonces ella comprendió que su convicción no la engañaba.
La espera no había sido en vano, finalmente había encontrado al aldeano: aquel que robaría su corazón, ese que la salvaría de la perdición.
La perdición de la soledad. La perdición que entre las sirenas tenía siglos de antigüedad.
Pero el muchacho no volvió. Sus ojos solo vieron aquella estatua inmóvil sentada en una roca junto al mar. Sus ojos humanos no lograron captar la emoción que aquellas pupilas negras comenzaron a destilar.
Y ella siguió inmóvil, a la espera del regreso de esos ojos azules que el alma le habían sabido avivar.

Los aldeanos acostumbraban celebrar las uniones matrimoniales con un rito frente al mar. La pareja subía a un bote y, sin rechistar, consumaba su unión con el acto más pasional que fueran capaces de dar.
Lo que ella jamás hubiese podido imaginar era la forma en que aquellos ojos azules la volverían a encontrar.
El muchacho subió a un bote. Al mismo también subió una mujer. Con unas ropas muy livianas, lo peor comenzó a acontecer.
Esta vez, los ojos azules no la observaban a ella. Esta vez, deseaban a alguien más.
Los ojos recorrían con voracidad el cuerpo de la humana con la que estaba a punto de consumar.
Y entonces el dolor atizó a la sirena. Un vacío agónico se extendió desde su pecho, robándole el color inmaculado de su torso estrecho.
De repente el aire se volvió más pesado, de repente el agua la absorbía hacia un lado. Sus ojos desesperados no podían dejar de ver a esos dos cuerpos apretados, a aquellos ojos azules cerrados, disfrutando de un amor que no era el de ella, no era el que debería haber disfrutado.
Y el mar traicionero colaboraba en sus vaivenes, refrescaba sus sudorosas pieles abstraídas en una pasión que era veneno para un tercer corazón.
El gemido de placer fue el detonante para que la sirena lo pudiese comprender. ¿Cómo darle ella ese amor? ¿Cómo abrirse de esa forma para dejarlo entrar a su corazón? Aquel placer era de almas tocándose, aquellos gritos eran una sola canción.
Y fue entonces cuando el dolor la encegueció. El viento en los oídos le rugió, y su cuerpo de repente enloqueció.
Ya no había arriba, ya no había abajo. Ya no había ojos azules ni miradas encontradas. De repente sólo hubo vacío, y el golpe definitivo de su cuerpo completo contra el agua, las burbujas rodeándola como una frágil enagua, y su cola esparciéndose en el mar, iniciando el desintegro de camino a la soledad, esa perdición que la inútil espera nunca logró evitar.




Underwater dance. Red tail

Enredada

Marchando en la oscuridad con los ojos vendados, para Clara era imposible notar que se había enredado. Sentía arañar su piel suave  por las ramas espinosas de los árboles a su alrededor, sentía la escarcha cubrirle los cabellos, sentía el terror oprimirle el corazón. ¡Ay! Otra vez, esa espina clavándosele en la piel. ¡Ay! Esas ramas tirándole del pelo. ¡Ay! Las piedras resbaladizas interponiéndose en su camino.
Pero Clara avanzaba. O creía que lo hacía. Daba un paso delante del otro, aunque sus pobres pies agarrotados clamaban por descansar. Los obligaba a avanzar. Se deslizaba hacia adelante. Y aunque nunca se quejaba, ya no podía más.

Clara. Un nombre hermoso para un personaje, en especial para uno que se está a punto de desenredar. Clara, como una luz brillante que se asoma por entre los vendajes ajustados que obstruyen la visión. Clara como quien de pronto es capaz de ver, de comprender, de avanzar sin mirar hacia atrás. Clara como el agua que purifica y la luna que es luz guía en la oscuridad.
Pero hoy Clara no se puede desenredar. Es muy conciente de ello, sabe que está caminando en círculos, o incluso tal vez hacia atrás.

Tocó con suavidad su cara mientras no paraba de luchar. Tropezó, y cayó. No se volvió a levantar. Los ojos le lloraban apretados tras un vendaje del que no se podía desatar. Tiró con fuerza, gritó y pateó con bronca los árboles que tenía alrededor. ¿Qué diablos significaba aquello? "¡Quítenme este vendaje, por Dios!" pensó.
Las ramas enganchadas en su cabello no la dejaban moverse. Las piedras incrustadas en sus piernas le provocaban mucho dolor. El terror crecía y Clara no entendía de dónde provenía aquella visión.

¿Una visión? ¿Fue eso lo que pasó?

Clara notó que a su alrededor había gente muy querida que no se le acercaba.
- ¡Ayúdenme! - gritó - ¡Ayúdenme por favor!
No hubo respuesta. "Eso es porque el vendaje lo tenés que desenredar vos" pensó "miralos, miralos a tu alrededor. Saben que estás luchando, saben que sos fuerte y que no podés más con esto. Te están poniendo a prueba. Te están desafiando. Te están mintiendo, Clara, te están obligando a ser quien no sos".

Clara no era quien era porque realmente no podía ver a nadie a su alrededor. Porque estaba luchando contra sí misma. Porque las ramas eran una exteriorización de lo que su corazón sentía, y su mente en forma latente sabía.

- ¡Basta! - gritó. Se llevó una mano a los ojos, asió con fuerza sus vendajes y tiró.
Lo primero que vio fue una luz cegadora que la lastimó. ¿Tanta libertad, tanta luz había en el exterior? Por vez primera oyó el trinar de los pájaros a su alrededor. ¿Tan aterrorizada estaba que jamás los escuchó?
Y entonces notó que en su mano no había nada. Ningún vendaje la había cubierto en verdad.

El único vendaje verdadero es la propia ciega convicción.

Y estaba sola, sola en un mundo vacío de manos amigas que la ayudaran a levantarse y avanzar. Aquel objetivo que creía perseguir parecía haberse desvanecido, y el mundo de pronto se volvió tan suave y acogedor que Clara no lo podía soportar. Sentía los brazos tan libres que estirarlos le provocaba malestar.
- No quiero, no quiero tener toda esta libertad.
Pero no se volvió a vendar.