22 de diciembre de 2012

Juguemos al cíclope.~


Hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida para mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe.
Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio.

4 de diciembre de 2012

Juguemos a mirarnos fijo.~

Juguemos a mirarnos fijo. Juguemos a conocernos, a descubrirnos mutuamente. Juguemos a no tocarnos, a no hablarnos, a no vernos. Juguemos a sentir esa energía fluir por la mirada.


~Mi mirada tiembla de deseo.

Felicidad

Los árboles pasaban borrosos a su lado mientras Clara avanzaba a toda velocidad, huyendo desesperadamente de aquella mirada. La respiración agitada, los músculos tensos, y el pánico apremiante agobiándole el corazón la impulsaban hacia adelante, cada vez más rápido, cada vez más ciegamente, cada paso introduciéndola más en una velocidad supraespacial de la que, sentía, nunca lograría escapar.
El cabello al viento, enredándose otra vez. El vestido blanco enganchándose, rasgándose en la floresta. Los ojos bien abiertos, casi ciegos por el viento que golpeaba sus pupilas, secándolas con su tacto helado, nublándolas en su árido ser.
Pero Clara todavía corría. Clara no quería ver. Clara tropezaba y se enredaba otra vez.
Y entonces una luz apareció en el horizonte, y la sorpresa detuvo sus pies veloces con un movimiento seco que la dejó clavada en la tierra, justo a tiempo para ver un cálido atardecer.
Un lago inmenso se extendía ante sus ojos.
- Agua - murmuró - por primera vez.
Se dio cuenta de que debería haber sido lo primero que buscara: agua, el agua clara, Clara como ella, el agua que era completamente necesaria para poder sobrevivir en aquel bosque oscuro (¿oscuro?), hermoso, siniestro, cautivador, peligroso.
Entonces Clara corrió, corrió feliz y se introdujo sin tapujos en el lago incandescente por el reflejo del atardecer. Nadó, bebió, rió, jugó. Jugó sin parar. Se sintió feliz. Volvió a creer, volvió a gritar de felicidad.
Y entonces, jadeante y empapada, alzó los ojos hacia el Sol. La luz frente a ella le dañaba los ojos, pero no podía dejar de ver. Los últimos rayos se reflejaban en las delicadas gotas que su juego impulsivo había salpicado a su alrededor.
Clara oía el murmullo de la risa, el brillo como de estrellas al amanecer la rodeó.
Y entonces el Sol desapareció tras el horizonte.
El frío del agua comenzó a inquietarla. Se preguntó si debería salir o no. La risa queda a sus espaldas la asustaba, el brillo insinuante entre las hojas inevitablemente la intimidaba. Pero el agua, aquel agua clara que prometía salvarla, se volvía tan fría y desesperanzada que la pequeña y pobre Clara no pudo más que acurrucarse en la orilla, abrazarse a sí misma lo más fuerte que podía, y llorar.
Lloró como nunca había llorado hasta aquel momento. Lloró por el Sol, por la luna (que no aparecía), por las estrellas y por el paisaje. Lloró porque el agua que prometía salvarla se había vuelto tan fría que no la dejaba sentir. Lloró porque odiaba aquella Verdad tan cambiante, tan cruda y hermosa a la vez, aquella Verdad en la que había caído (¿caído?) y que no soportaba ver. Una verdad que inevitablemente se volvía Realidad, contra su voluntad.
Lloró porque la calidez del paisaje jugaba con ella. Lloró porque a pesar de todo, la podía disfrutar. Y lloró porque el murmullo de aquella risa apremiante resonaba contra sus oídos, por encima de sus sollozos, una risa que la comprendía y la consolaba, se acercaba y la acariciaba.
- ¿Por qué llorás? - parecía decir - ¡Mirate! ¡Sos feliz!
Y Clara lloraba porque en el fondo realmente lo era, y odiaba que aquel murmullo, aquel brillo oculto lo supiera.
Se calmó y secó sus ojos. Lentamente se puso de pie. Miró la oscuridad a su alrededor. Veía el brillo entre las hojas, aquellos ojos vigilantes siempre junto a ella. Les dio la espalda. Ahora se sentía tranquila con su presencia, claramente no le harían daño. Pero no los dejaría entrar.
- Nadie es realmente inofensivo - se dijo. - Ya no.
Sin embargo, en su interior, una pequeña chispa comenzaba a confiar.