25 de febrero de 2013

Las cuatro patas de la mesa

En un pasado lejano, mucho antes de despertar en el bosque, mucho antes de sentirse enredada, mucho antes de quitarse las vendas, incluso antes de aquellos tiempos  remotos en que el sentirse ciega era para ella algo hermoso, Clara miraba por la ventana de una habitación preguntándose qué diablos era el amor.
El sol entraba tenuemente entre las cortinas, sacando fulgores a su cabello dorado. Los ojos oscuros recorrían el paisaje, un jardín enorme, verde como los guacamayos, de árboles frondosos que se mecían levemente con la brisa, flores estridentes y coloridas, césped suave y parejo, todo perfectamente cuidado.
- Quizás el amor sea eso - se dijo - como un jardín perfectamente cuidado.
Imaginó el encuentro entre Tierra y Sol. Desde el primer momento en que Él había asomado desde los confines del abismo celestial, sus rayos habían acariciado con tal ternura la superficie de la Tierra que ésta, sin poder resistir más, se había enamorado.
Y como la Tierra era ciega y no podía verlo, había creado Hijos que tuvieran ojos, pies y manos para alabarlo. Y como no podía devolverle las caricias que día a día de Él recibía, había creado Seres que se elevaran alto para deleitarlo.
Y así la Tierra, mientras el Sol la acariciaba, había creado un jardín perfecto en entrega completa a su amor.
- No - se dijo Clara. - Eso no es amor. O... bueno, quizás sí lo sea. Pero no es el amor de los hombres, no es MI amor.
Se dio vuelta y observó la habitación en busca de algo de inspiración. Una biblioteca, una cama, una silla sobre la que estaba sentada, nada de eso le daba ideas sobre de qué podría tratarse el amor.
- Biblioteca es saber. El amor no tiene nada de sabiduría. ¿Y la cama? Es pasión. Sólo una pequeña parte del amor.
Y entonces miró detrás suyo. ¡Claro! Una mesa. El amor era una mesa. Una gigantesca mesa sobre la que descansaba la vida entera de los amantes.
Contó las patas: cuatro. La vida de los amantes necesitaba cuatro pilares esenciales para sostenerse. ¿Cuáles podían ser?
- Mmm... confianza, eso seguro - anotó - y también pasión. Tampoco puede faltar el respeto... y... - se quedó pensando. ¿Qué más podría faltarle al amor?
Con la confianza tenía comunicación. Gracias a ella el amor tenía aire y sustento, y podía volverse una constante, sincera y agradable conversación.
- La confianza lo es todo - pensó Clara.
Pero no, ¡claro que no! Podía existir confianza en el amor, pero ¿qué era de ella si los amantes no se respetaban? El respeto era un pilar fundamental, muy importante para que la mesa se sostuviera.
Imaginó una pareja sin respeto. Imaginó al hombre golpeando a la mujer y a la mujer engañando al hombre.  Imaginó las disputas (hijas inevitables de la comunicación con confianza) sin posible solución debido a que uno no era capaz de aceptar las decisiones de otro. Imaginó uno ultrajando el cuerpo de otro sin delicadeza ni permiso. Imaginó el caos reinando sobre el amor.
No, no. Por supuesto. Sin respeto no existía amor.
Pero por supuesto, tampoco éste podía existir sin pasión. ¿Cómo podía ser posible la entrega de los amantes sin ese deseo constante de poseerse mutuamente, de acercarse cada vez más, de sentirse uno dentro del otro, de fusionar sus almas en un hermoso éxtasis celestial?
- Pero entonces es una mesa de tres patas - murmuiró Clara - creo que ya nada podría faltar.
Y de pronto escuchó las risas. No provenían del jardín, ni de ningún otro lado. Provenían de su cabeza, de sus amantes ideales que además de construir su mundo sobre pilares de confianza, respeto y pasión, estando juntos en la playa se arrojaban arena, se empujaban suavemente, se salpicaban jugando, se revolcaban en la orilla llenándose de barro, miraban las nubes buscándole formas, corrían, saltaban, jugaban, gritaban, y, sobre todo, no paraban de reír.
- ¡Claro! - pensó clara en voz alta - ¡son amigos! La pata que falta es la amistad.
Dos amigos que compartían confianza, respeto y pasión. Dos amigos que entregaban todo y compartían todo. Dos amigos que se cuidaban uno al otro. Dos amigos que sentían que el otro era, simplemente, el camino al Edén.
Dos amigos que se amaban.
Dos amantes sin discusión.

Y sobre las cuatro patas de la mesa construirían castillos de nubes, de oro y de arena. Sobre esta mesa depositarían todo lo que era suyo, y reinarían en su propio mundo de amor. Crearían nuevos seres que construyeran nuevas mesas sobre la suya y la llenaran de luz. Sonreirían ante su mundo, ante su pequeño reino de amor, y contemplarían en sus miradas el propio reflejo, fundido con el reflejo del otro, y las cuatro patas de una mesa que ahora era parte de los dos. Las risas resonarían en el Universo. La propia existencia estallaría de fulgor.

Clara sonreía imaginando a esos amantes: una pequeña rubia de ojos negros junto a un personaje sin rostro; una risa resonante que era la suya, y una risa apagada que a duras penas se escuchaba. Clara sonreía e iba construyendo su mundo sobre las patas de una mesa que aún no tenía un suelo firme sobre el que apoyarse. Sonreía creyendo que cuando lo encontrara, ya todo lo tendría. Sonreía e hilaba de a poco las vendas que, muy pronto, ella misma se pondría.

10 de febrero de 2013

Pájaro Azul

Las sacudidas de su cuerpo ejercieron de despertador. El frío la recorría con un incesante temblor.
Clara miró el cielo, empezaba a clarear. Pero parecía que las cosas estaban muy lejos de mejorar.
Alzó otra vez los ojos, y esta vez el paisaje cambió. Entre las ramas de los árboles que crecían frente a ella, unos rayos tímidos asomaban lentamente. Los pájaros comenzaron a salir de sus escondites, a trinar abiertamente, a volar como cometas a alturas casi dementes.
Un aleteo le sacudió la cabeza, y Clara se asustó. Pero en cuanto se calmó y miró, las alas abiertas de un pájaro azul colmaron su visión.
Se abrieron, llenas de paz y de color. Remontaron el aire y cortaron el cielo, mientras el disco dorado brotaba de un mar verde tras ellas. La luz golpeó en el agua y rebotó, mientras el ave aleteaba al ritmo del viento, abría su pico y trinaba una canción.
-          Es la melancolía –murmuró Clara –y la libertad.
Aquello era Clara en su impotente confiar.

Refugio

Clara bordeaba el lago en la oscuridad. Cada paso rozaba el agua helada y se hundía varios centímetros en la arena mojada. Miraba las estrellas sobre los árboles, única y tenue luz en aquella noche sin luna.
Fría.
Oscura.
Pero Clara escuchaba los pasos. Casi imperceptibles, incesantes detrás de ella. Rozaban las hojas de los árboles, quebraban ramitas caídas, susurraban dulcemente, siempre a su lado. Y ella seguía avanzando. Buscaba un refugio, un consuelo, un hogar. Pero eso parecía imposible en aquel maldito lugar.
Cada paso comenzaba a dolerle, cada caverna le provocaba terror. Quería esa mirada a su lado, cuidándola, dándole valor.
- NO -se dijo, con firmeza. -Nadie es realmente inofensivo, ya no.
Comenzó a pensar que el camino era una ilusión. Los párpados le pesaban sobre los ojos, la visión se le oscureció. Sin miramientos, cayó rendida dentro de un hueco en una roca que daba la espalda al mar.
- ¿Será ésta la roca de mi sirena? -se preguntó antes de abandonar la vigilia, y soñar.